Enviar a un amigo
- Lo que pasa, Marilú, es que el sexo contigo es tan intenso que quedo agotado y no alcanzo a recuperarme al otro día para una nueva ronda.
Miré a Sr. Balón con más incredulidad que furia, que ya por sí sola me estaba retorciendo los interiores como llave inglesa. Lo había tratado por todos los medios diplomáticos existentes. Había recurrido a todo tipo de insinuaciones. Me había mostrado dispuesta a conversar y enfrentar juntos el dilema. Papel en mano, hasta le había trazado un esquema para que no subsistieran dudas.
Quería sexo. Al. Menos. Tres. Veces. Por. Semana.
- A mí también me encantaría hacerlo más seguido, pero el trabajo me tiene agotado, entiéndeme. ¡Tan apasionada que me salió esta niña!
Y su vista se quedó pegada en el partido que estaban transmitiendo –repetido, of course- por la diminuta pantalla del pub. Ni con un par de piscolas iba a conseguir mi acometido esa noche. Ni a la siguiente, amorosos. Solo el sábado por la tarde su miembro se erigiría en todo su esplendor, resucitando como Jesús Cristo de su tumba. Devota, le prendería velas y le rezaría un Padre Nuestro antes de llevármelo a la boca. El Amén, eso sí, no podía asegurarlo.
Me hastié. No sé tejer, y un año ya era más que suficiente para esta Penélope.
Al día siguiente, todavía humeaba frente al computador de mi oficina. Pensé en sus evasivas para enfrentar el tema, y en la falta de sexo. Pensé en sus jocosos comentarios sobre mi exceso pasional, y en la falta de sexo. Pensé en sus mapas futurísticos con nuestras vidas archi planeadas, sin error posible. Pensé en su afán de opacar mis opiniones, de cambiar mi cuerpo, de sugerir vestuarios exhibicionistas para lucirme frente a sus amigos. Pensé en su eterna excusa de estrés laboral. Pensé en su desfachatez de pedirme una excursión por la vía trasera. Pensé en todo lo que me molestaba de la relación. Pensé en su vida mal enfocada, sus absurdas prioridades, su egocentrismo.
Y, por supuesto, pensé en la falta de sexo.
Entonces hice clic en el botón “Enviar a un amigo”. A diario, y durante una o dos semanas previas al Big Bang, le mandé documentos y artículos de todo tipo sobre frecuencia sexual y su impacto en la pareja. Antes del sobre azul, quería dejar bien en claro que un ritmo de tres al mes no era normal a los 25 años.
Lo inevitable llegó solo, y le comuniqué el finiquito con la respiración entrecortada. Muy serio, me miró a los ojos antes de contestar:
- Me gustaría saber por qué.
Quería escribir sobre esto más adelante, para no enlodar tanto la imagen de Sr. Balón. Todavía quedan aristas que aclarar, pero creo que dejé resuelta la inquietud del “qué hiciste con él” que surgió con el post anterior. No fui la mejor estratega en el tema, pero el pasado ya es pasado.
Miré a Sr. Balón con más incredulidad que furia, que ya por sí sola me estaba retorciendo los interiores como llave inglesa. Lo había tratado por todos los medios diplomáticos existentes. Había recurrido a todo tipo de insinuaciones. Me había mostrado dispuesta a conversar y enfrentar juntos el dilema. Papel en mano, hasta le había trazado un esquema para que no subsistieran dudas.
Quería sexo. Al. Menos. Tres. Veces. Por. Semana.
- A mí también me encantaría hacerlo más seguido, pero el trabajo me tiene agotado, entiéndeme. ¡Tan apasionada que me salió esta niña!
Y su vista se quedó pegada en el partido que estaban transmitiendo –repetido, of course- por la diminuta pantalla del pub. Ni con un par de piscolas iba a conseguir mi acometido esa noche. Ni a la siguiente, amorosos. Solo el sábado por la tarde su miembro se erigiría en todo su esplendor, resucitando como Jesús Cristo de su tumba. Devota, le prendería velas y le rezaría un Padre Nuestro antes de llevármelo a la boca. El Amén, eso sí, no podía asegurarlo.
Me hastié. No sé tejer, y un año ya era más que suficiente para esta Penélope.
Al día siguiente, todavía humeaba frente al computador de mi oficina. Pensé en sus evasivas para enfrentar el tema, y en la falta de sexo. Pensé en sus jocosos comentarios sobre mi exceso pasional, y en la falta de sexo. Pensé en sus mapas futurísticos con nuestras vidas archi planeadas, sin error posible. Pensé en su afán de opacar mis opiniones, de cambiar mi cuerpo, de sugerir vestuarios exhibicionistas para lucirme frente a sus amigos. Pensé en su eterna excusa de estrés laboral. Pensé en su desfachatez de pedirme una excursión por la vía trasera. Pensé en todo lo que me molestaba de la relación. Pensé en su vida mal enfocada, sus absurdas prioridades, su egocentrismo.
Y, por supuesto, pensé en la falta de sexo.
Entonces hice clic en el botón “Enviar a un amigo”. A diario, y durante una o dos semanas previas al Big Bang, le mandé documentos y artículos de todo tipo sobre frecuencia sexual y su impacto en la pareja. Antes del sobre azul, quería dejar bien en claro que un ritmo de tres al mes no era normal a los 25 años.
Lo inevitable llegó solo, y le comuniqué el finiquito con la respiración entrecortada. Muy serio, me miró a los ojos antes de contestar:
- Me gustaría saber por qué.
Quería escribir sobre esto más adelante, para no enlodar tanto la imagen de Sr. Balón. Todavía quedan aristas que aclarar, pero creo que dejé resuelta la inquietud del “qué hiciste con él” que surgió con el post anterior. No fui la mejor estratega en el tema, pero el pasado ya es pasado.